Escritura colaborativa

Luego de leer en libro El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez, vamos a realizar un trabajo grupal.

Escritura colaborativa de un ensayo argumentativo que desarrolle la siguiente hipótesis: El coronel no tiene quien le escriba es un libro que participa del bum latinoamericano.

Pasos a seguir:

1. Juntarse en grupos y generar una introducción al ensayo.

Tener en cuenta que la introducción (que puede constar de uno o más párrafos) debe introducir y contextualizar la hipótesis. En este sentido, será interesante que den cuenta de lo que fue el bum, y que también expliquen lo que no fue (un género literario con características propias). Deben preguntarse qué elementos compartieron los textos representantes de este movimiento, y deben dar cuenta de esto en la introducción.

Ayuda: el bum latinoamericano dio a conocer el continente, y lo puso en el mapa. Por lo tanto, los libros que formaron parte del bum consideraron aquellas características propias de Latinoamérica.

Al escribir la introducción, el grupo decidirá la voz del ensayo (quién habla en el ensayo: 1era singular, 1era plural, impersonal). Y está voz se mantendrá a lo largo de todo el trabajo.

2. De manera individual, tendrán que desarrollar un argumento para generar el cuerpo del trabajo.

Cada alumno recibirá una cita, y tendrá que organizar su argumentación en torno a ella. Las citas expresan características propias del continente latinoamericano, y cada integrante del grupo recibirá una cita relacionada con un aspecto en particular (política, economía, cultura, naturaleza).

Para realizar el argumento los alumnos tendrán que leer su cita y pensar a qué aspecto propio de Latinoamérica los remite (ej. Habla de la pobreza, nos remite a un aspecto económico). Luego podrán desarrollar el argumento teniendo en cuenta el aspecto que deben desarrollar.

Pueden incluir nuevas citas.

3. En grupo los alumnos unirán el trabajo y agregarán los conectores pertinentes para que el texto tengo un hilo conductor. Revisarán que el trabajo mantenga siempre la misma voz y el mismo registro (que se establecieron en la introducción). Decidirán el orden de los argumentos.

4. En grupo, generarán una conclusión a partir del trabajo realizado por todos de manera individual.

 

Grupo 1: Abril, Juana, Sol, Juan, Ramiro

Grupo 2: Trinidad, Sofía, Gonzalo, Oliverio, Francisco A.

Grupo 3: Valentina, Olivia, Bautista, Francisco M.

Grupo 4: Anouk, Belén, Tomás, Marcos

Grupo 5: Lucía, Bianca, Luz, Matías

 

Consigna de escritura para trabajar juntos

La consigna para la clase de este jueves será la siguiente:

Crear un personaje característico del relato policial clásico y describirlo.

ACLARACIONES: la descripción debe ser completa (debe consignar las características físicas y psicológicas del personaje) y debe pensarse como una descripción literaria (diferente, por ejemplo, a aquellas que pueden encontrarse en los libros de ciencia).

Y UNA IDEA MÁS: el que se anime puede incluir, además, un dibujo que acompañe la descripción.

DEBEN CREAR UNA ENTRADA EN SUS BLOGS CON EL TÍTULO: «UN PERSONAJE DEL POLICIAL CLÁSICO:

 

A continuación, presento mi propio personaje:

La señorita Broom

Usted está buscando un investigador privado, ¿estoy en lo cierto? No me pregunte cómo me enteré, pero lo sé y conozco a alguien que puedo recomendarle: la señorita Broom.

Seguramente en este momento usted se esté preguntando si la conoce. Pues yo puedo responderle con seguridad que jamás la ha visto.

¿Qué cómo lo sé? Pues si la hubiese visto, lo recordaría. La señorita Broom es un personaje inolvidable…

Y ahora que sabe que no la conoce debe estar creando, en su mente, una imagen para hacer coincidir con el nombre. Pero, muy posiblemente, su imaginación va a crear una imagen falsa.

Déjeme ayudarlo:

Por empezar, usted debe estar pensando que estamos hablando de una mujer muy joven, pero se equivoca. La señorita Broom no lleva el título de “señorita” por su corta edad, sino porque aún es soltera.

¿Se pregunta por qué? No se preocupe, muchos lo hacen. Muchos se han atrevido a preguntárselo a ella, y ella no duda en replicar: “no crean que no me he casado porque no he podido. Si no tengo marido es porque nunca conseguí uno”. Quizás usted ahora sienta pena por ella, pero no debería, La señorita Broom no da pena; es una mujer fuerte, severa y muy segura de sí misma. No lo olvide.

Pero volviendo a la cuestión de su edad… debo aclararle que no la sé con exactitud, la señorita Broom nunca la diría. Sin embargo, podemos ver que cada vez mas canas van invadiendo su cabeza, colocándose distraídamente por cualquier lado y con más decisión en la sienes, y dándole a su melena un aspecto aún más electrizado que el que ya tiene por naturaleza.

Muchos creen que es ese pelo el que le confiere a la señorita Broom un aspecto de escoba, pero se equivocan. El pelo es tan solo uno de los muchos rasgos que la asemejan a este objeto de uso doméstico. Sus piernas flacas y kilométricas, su torso alargado y su cuello estirado poseen esa longitud propia del palo de escoba. Ayuda, además, a esta identificación el hecho de que la señorita Broom elija siempre ropas color marrón claro, casi del color de la madera, y que siempre lleve los brazos pegados al cuerpo. La palidez amarillenta de su tez, combinada con su melena rubia, se asemeja a la paja y completa la imagen. Pero aquello que hace que quien mire a la señorita Broom recuerde inmediatamente a una escoba no es sólo su aspecto físico, sino también su manera de moverse: la señorita Broom no camina, se desliza. Jamás levanta los pies.

¿Está desconcertado? Lo veo en su cara. Sé lo que está pensando. Usted se está preguntando qué me lleva a recomendarle, para resolver su caso, a una vieja flacucha que se arrastra por el piso y que, probablemente, encontrará una enorme dificultad en salir a la calle, en buscar evidencia, en perseguir a los sospechosos. Pues escuche bien; la señorita Broom no hará nada de todo eso. La señorita Broom es una señorita: no se ensuciará las manos jamás.

No le ha gustado escuchar esto, lo sé. Sé que usted ha puesto a mucha gente a tratar de resolver su caso, sé que tiene a la policía trabajando en ello y sé que pensará que si ninguno de ellos, que han trabajada arduamente, ha logrado nada, menos aún lo conseguirá alguien desde la distancia. Reconozco, en su cara, el escepticismo.

Pero vaya a verla y cuéntele su caso; explíquele lo que sabe, lo que tiene. Quizás ella le haga alguna pregunta más, quizás le pida hablar con algún testigo o ver algún objeto relacionado con la causa, quizás se tome un día o dos… y luego resolverá su caso.

Usted se estará preguntando cómo; cómo una mujer podrá, desde la distancia, descubrir la verdad. Qué la hace tan distinta y tan especial como para lograr lo que nadie ha logrado. Pues puedo responderle.  Es su cerebro, su enrome, brillante y misterioso cerebro, lo que la hace única. Usted le contará su caso y ella pensará, razonará, no hará otra cosa. Pero, se lo aseguró, resolverá el enigma.

Esta entrada fue publicada en tareas.

El relato policial

Antes de empezar a leer la novela de Pablo de Santis…

¿Con qué piensan que nos vamos a encontrar?

Consigna de trabajo de anticipación: elaborar una lista con palabras correspondientes al campo semántico que pensamos encontrar.

¿Qué es el campo semántico?

RESPUESTA:

Para entrar en tema:

  1. Leer atentamente el siguiente cuento breve:

 

“Las aventuras de Johnnie Waverly “

En: Christie, Agatha: Primeros casos de Poirot (versión adaptada).

 

– Le ruego que vuelva a contarme toda la historia, Monsieur Waverly, y sin olvidarse de nada, por favor – le indicó Hércules Poirot al padre de pequeño Johnnie, recientemente secuestrado.

– Bien. Creo que el principio de todo esto fue la carta anónima que recibí hace diez días. Se me exigía la entrega de veinticinco mil libras, amenazando con raptar a Johnnie en caso contrario. Cinco días después recibí otra carta por el estilo: “Si no paga, su hijo será secuestrado el veintinueve”. Puse el caso en manos de Scotland Yard. No parecieron tomarlo muy en serio. El día veintiocho recibí la tercera carta. “No ha pagado. Su hijo será raptado mañana a las doce del mediodía. Y su rescate le costará cincuenta mil libras.” Volví a Scotland Yard. Esta vez parecieron algo más impresionados. Me aseguraron que tomarían todas las precauciones.

“Volví a casa mucho más tranquilo. No obstante, di orden de que no dejaran entrar a ningún extraño. Más a la mañana siguiente mi esposa no se encontraba bien; había sido envenenada. No estaba grave pero tardaría unos días en curarse. Al volver a mi habitación hallé una nota prendida en mi almohada, que contenía sólo tres palabras: “A las doce”. Enloquecí: alguien que vivía en mi propia casa estaba involucrado. Reuní a todos los criados y, perdido el dominio de mis nervios, los despedí a todos. Sólo había una persona en quien poder confiar: Tredwell, el mayordomo, que ha estado conmigo desde que yo era niño.

“El inspector llegó a eso de las diez y media de ese mismo día. Había dejado varios hombres apostados en el parque. Fui a buscar a Johnnie y con el inspector nos refugiamos en una habitación que llamamos la Cámara del Consejo. Hay un gran reloj y las manecillas señalaban casi las doce. De pronto el reloj comenzó a sonar y yo estreché a Johnnie contra mi pecho. Al dar la última campanada oyóse una gran conmoción fuera… gritos y carreras. El inspector abrió la ventana y el sargento se acercó corriendo.

“- Ya lo tenemos, señor – jadeó -. Estaba oculto entre los arbustos.

“Salimos corriendo a la terraza, olvidando a Johnnie. Allí, dos agentes sujetaban a un individuo que se debatía en un vano afán de escapar. Llevaba una nota dirigida a mí, que decía: “Debió haber pagado. Ahora el rescatar a su hijo le costará cincuenta mil libras. A pesar de todas sus precauciones, ha sido secuestrado a las doce del veintinueve”. Solté una risotada de alivio, pero al mismo tiempo oí el ruido de un motor de auto y un grito. Volví la cabeza. Por la avenida corría un coche a toda velocidad. Me estremecí de horror al ver los rizos rubios de Johnnie dentro del auto. Tredwell y yo estábamos lada a lado, horrorizados.

“Entonces oímos un sonido que nos sobresaltó, el de las campanas del reloj del pueblo. El inspector extrajo de su bolsillo el suyo: eran exactamente las doce. Como impulsados por un resorte, corrimos a la Cámara del Consejo; el reloj marcaba la hora y diez minutos. Alguien lo había adelantado deliberadamente, porque nunca se adelanta o atrasa. Es un reloj perfecto.

– Un problema muy grave, oscuro y encantador – murmuró el detective -. Lo investigaré con sumo placer. La verdad es que fue planeado… a la maravilla.

– Supongo que el resto debe conocerlo perfectamente ya gracias a los periódicos – repuso el señor Waverly -. Al principio pareció que todo iba a terminar bien, ya que un coche de las mismas características, con un hombre y un niño, fue visto marchando con rumbo a Londres. Ya sabe lo que ocurrió luego, detuvieron el auto y el niño no era Johnnie.

-En cuanto al hombre que capturaron en el parque, tengo entendido que insiste en que la nota le fue entregada para ser llevada a Waverly Court, y también que hizo cierta acusación…

– Ese individuo tiene la pretensión de que Tredwell es el hombre que le dio el paquete. “Sólo que ahora se ha afeitado el bigote.” ¡Tredwell, que ha nacido en mi hacienda!

– ¿Y usted qué opina, señora? – preguntó Poirot volviéndose de improviso hacia la dama.

– No pudo ser Tredwell quien le diera el paquete. Ese hombre dice que se lo dieron a las diez, y a las diez Tredwell se hallaba con mi esposo en el salón de fumar.

– ¿Existe algún escondite especial en la casa?

– ¡Cielos, existe un agujero secreto! Se entra por uno de los paneles del vestíbulo. Pero nadie lo conoce, excepto mi esposa y yo.

– ¿Y Tredwell?

– Bueno… es posible que haya oído hablar de él.

– ¿Sería tan amable de mostrármelo? Quizás encontremos alguna pista  – pidió Poirot al señor.

Los tres se dirigieron al agujero secreto. El señor iba adelante y el detective aprovechó la ocasión para consultarle a la señora su verdadera opinión sobre el mayordomo Tredwell.

– No tengo nada contra él, señor Poirot. No comprendo de qué modo puede estar mezclado en este asunto, pero… bueno, nunca me ha gustado… nunca. No supondrá usted…

– Yo nunca supongo. Sólo… empleo mis células grises. Y algunas veces… sólo muy de vez en cuando… se me ocurre alguna idea.

Pronto entraron en el agujero secreto.

– Ya ve usted – dijo Waverly -. Aquí no hay nada.

La reducida habitación estaba completamente vacía, y el suelo aparecía escrupulosamente barrido. El rostro de Poirot resplandecía de entusiasmo y satisfacción.

-Tenía razón – murmuró -. Sabía que estaba en lo cierto.

Waverly dejó a Poirot solo en la estancia, para que tuviese ocasión de reflexionar en voz alta:

– Saquemos nuestras deducciones De no haber avisado a los Waverly de antemano, hubiese sido más sencillo realizar el rapto. ¡Se ha representado esta farsa deliberadamente! Ahora enfoquemos la cuestión desde otro ángulo. Todo tiende a señalar la existencia de un cómplice en la misma casa: el misterioso envenenamiento en la señora Waverly, la nota prendida en la almohada, el adelantar el reloj diez minutos… Además, hay un detalle adicional: no había polvo en el agujero secreto. Había sido barrido con una escoba.

“Tenemos tres personas en la casa: el señor y la señora Waverly y Tredwell, el mayordomo. Empezaremos por Tredwell. Hay varios factores sospechosos contra él. En primer lugar, el detenido dice que fue Tredwell quien le entregó el paquete en el pueblo. Pero Tredwell puede probar su coartada para este punto. Además, nació y ha sido educado al servicio de los Waverly. Parece imposible que a última hora tuviera parte en el rapto del hijo de la casa.

“También debemos considerar brevemente a la señora Waverly. Pero ella es rica. Fue su dinero el que volvió a levantar la hacienda. No habría razón para que hiciese raptar a su hijo y cobrar su propio dinero. En cambio su esposo está en una posición muy distinta. Su mujer es rica y no es muy aficionada a repartir su dinero. Pero puede verse en el acto que el señor Waverly es un bon viveur. ¡Él dispidió a los criados para que no molesten, y pudo escribir los anónimos, envenenar a su esposa, adelantar las manecillas del reloj y establecer una magnífica coartada para su fiel ayudante Tredwell! Fueron tres personas: Waverly, Tredwell y algún amigo de Waverly. El tercer hombre recoge a un chiquillo en el pueblo, un niño de rizos rubios. Entra en Waverly en el momento preciso, gritando, y deja un rastro falso hasta Londres. Entretanto, Tredwell ha realizado su parte entregando la nota. Su amo puede presentar una buena coartada en el caso de que el hombre lo reconociera, a pesar del bigote postizo que utilizó. Y en cuanto al señor Waverly, tan pronto como oye el alboroto que se armaba en el exterior y el inspector sale corriendo, rápidamente esconde al niño en el agujero secreto y sigue al policía al jardín. Más tarde, le es fácil sacar al niño y llevarlo a un lugar seguro.

– Señor Poirot. – el señor Waverly penetró en la estancia -. ¿Ha descubierto algo? ¿Tiene alguna idea de dónde han llevado al niño?

– Lo sé todo, monsieur. Le doy veinticuatro horas para devolver al niño. De otro modo la señora Waverly será informada del exacto desarrollo de los acontecimientos.

 

2. Responder las siguientes preguntas:

a. ¿Quién investiga el caso? Presentar y describir a quien investiga el caso, y considerar quienes no lo hacen y por qué.

b. ¿Cómo resuelve el caso el investigador? ¿Qué métodos utiliza?

c. Explicar el caso y considerar cuál fue la motivación para realizar el crimen.

 

Cuentos de Jorge Luis Borges

La intrusa

Jorge Luis Borges

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.

Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:

-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.

El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:

-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

 

PARA RESPONDER:

  1. ¿Quién es el protagonista de esta historia?
  2. ¿Cuál es la importancia que tiene “la intrusa”, personaje que da nombre al cuento? ¿cuál es el rol que lleva adelante en la historia?
  3. A partir de la siguiente cita, explicar cómo se define a la mujer en el texto: Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro. Justificar la respuesta con otros episodios del relato.
  4. La vida de estos hermanos es definida como una “vida de hombres entre hombres”. Explicar cuál es el lugar que le queda a la mujer en este contexto. Tener en cuenta la siguiente cita: En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.

 

Pensar la literatura argentina: primer trabajo escrito del año

Consigna de trabajo: 

A partir de la lectura del cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar y de una de sus clases impartidas en la universidad de Berkeley, y tomando en consideración su biografía, escribir un ensayo argumentativo que permita sostener alguna de las siguientes hipótesis:

  • “Casa tomada”, cuento escrito por Julio Cortázar, es un texto que participa de la literatura argentina.
  • Julio Cortázar puede ser considerado como un modelo del escritor argentino e incluso del escritor latinoamericano.

Para resolver las consignas, deben tener en cuenta:

Las actividades realizadas sobre el cuento «Casa tomada», y el cuadro sobre la literatura argentina que elaboramos entre todos.

PRIMER TRIMESTRE: PENSAR LA LITERATURA ARGENTINA

UN TEXTO DE LITERATURA ARGENTINA

 

UN TEXTO DE LITERATURA ARGENTINA

CASA TOMADA, JULIO CORTÁZAR

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

CONSIGNA DE TRABAJO: a partir de las ideas elaboradas durante la última clase y sintetizadas en un cuadro publicado en la entrada anterior, considerar por qué este texto participa de la literatura argentina. 

INTERVENCIONES DE LO SOBRENATURAL: PRIMER EJEMPLO

Hasta ahora estuvimos trabajando sobre distintas intervenciones de lo sobrenatural, pero desde nuestra escritura. Por eso, ahora vamos a leer un ejemplo de un escritor argentino: Julio Cortázar.

No se culpe a nadie, Julio Cortázar

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

 

Para analizar el cuento, responder:

1. ¿Cómo es el espacio en el que transcurre el texto? ¿Se trata de un espacio sobrenatural?

2. ¿cuál es el evento sobrenatural que irrumpe en el texto?

3. ¿Cómo actúa el personaje principal? ¿qué reacciones le genera el encuentro con lo sobrenatural?

4. ¿Qué reacciones genera en el lector la irrupción de un evento sobrenatural en este texto?

Luego, resolver la siguiente consigna:

Justificar la siguiente cita: «en el texto, lo esperable y cotidiano se vuelve inesperado y extraño».

INTERVENCIONES DE LO SOBRENATURAL: UNA INTRODUCCIÓN PRÁCTICA

Vamos a comenzar nuestro año con un ejercicio de escritura. A partir de este ejercicio vamos a plantearnos una pregunta que trataremos de resolver a lo largo de todo el trimestre…

¿Cómo interviene lo sobrenatural en la literatura?

Consigna de trabajo:

  1. Escribir un relato en el que se cuente algún episodio vivido durante las vacaciones. Puede tratarse de un episodio llamativo, digno de mención, o puede tratarse de un episodio cotidiano, de lo más ordinario. Lo importante es que se presente de manera narrativa. ¡Atención! Hay que tener en cuenta que no se está pidiendo que se relate lo que se hizo en las vacaciones. La idea no es presentar una crónica de viajes, ni un recuento de paseos. Tienen que elegir algún episodio concreto, y narrarlo.

 

Vamos a un ejemplo:

 

Era temprano. Serían las 9 de la mañana, no más tarde que eso. La niña tenía hambre, y por eso tuve que abandonar el cómodo sillón en el que me había acomodado a mirar el noticiero. Una noticia sobre el clima quedó por la mitad, y yo ya no pude saber si aquel día llovería hacia el final de la tarde.

Me levanté despacio, porque estaba de vacaciones y podía perder el tiempo. Pero los bramidos de la pequeña aceleraron mi ritmo y, de pronto, ya estaba en la cocina. Abrí la heladera y tomé el agua (Glaciar, baja en sodio). Luego vertí exactamente 120 mililitros en la pequeña mamadera de plástico. La llevé al microondas y programé el equipo para que la calentara durante tan solo treinta segundos.

Treinta segundos son muy poco tiempo, y sin embargo el tiempo muerto entre tarea y tarea me invitó a la reflexión. Pensé en que era muy conveniente vivir en este milenio, y disponer de electrodomésticos como el microondas, que facilitan la vida. Mi madre me calentaba la leche al fuego, y seguramente debía dedicar muchos más minutos de su día a la simple tarea de darme de comer… ¿o acaso mi madre tenía microondas, y era mi abuela la desdichada que no podía disfrutar de esta ayuda doméstica?

El bip bip biiiiiip del microondas me sacó del ensimismamiento en el que había caído rápidamente y supe que era hora de completar mi tarea. Extraje la mamadera con agua y la posicioné junto a la lata de leche maternizada. Abrí el plateado producto y, en su tapa azul, encontré la cucharita que servía, además, como medida. Está siempre en la tapa; quienes elaboran el producto lo pensaron así, para que no se pierda. Una cucharada, dos cucharadas, tres y cuatro. Una por cada 30 mililitros de agua. Luego tapé la mamadera con su correspondiente tapa rosca y, con una mano, la batí.

Las partículas de la leche en polvo se fueron mezclando con el agua, una por una. Una por una, es verdad, pero tan rápidamente que en pocos instantes la leche estaba lista.

Pronto regrese al living, donde mi niña me esperaba ansiosa. En la tele había reaparecido el hombre que, en el noticiero de la mañana, informa sobre el tiempo. Esa tarde no llovería.

 

  1. La segunda parte de la consigna consiste en pensar un evento sobrenatural que pueda intervenir en el relato.

¿Cómo? De la manera que se les ocurra ¿Qué elemento? Sean creativos.

Es posible que tengan la mente en blanco, es posible que después de las vacaciones sientan que no se acuerdan cómo hacían para resolver las consignas de clase tan rápidamente. Es posible que añoren la tranquilidad de enero…

En ese caso, les propongo una solución. Cambien su relato con el de un compañero, lean el relato amigo, y luego discutan entre los dos qué evento sobrenatural podría intervenir en cada caso. Luego del intercambio de ideas, vuelvan cada uno a su trabajo y escriban… esta parte es individual.

 

Acá va mi ejemplo:

PROBLEMAS DE VERANO

Era temprano. Serían las 9 de la mañana, no más tarde que eso. La niña tenía hambre, y por eso tuve que abandonar el cómodo sillón en el que me había acomodado a mirar el noticiero. Una noticia sobre el clima quedó por la mitad, y yo ya no pude saber si aquel día llovería hacia el final de la tarde.
Me levanté despacio, porque estaba de vacaciones y podía perder el tiempo. Pero los bramidos de la pequeña aceleraron mi ritmo y, de pronto, ya estaba en la cocina. Abrí la heladera y tomé el agua (Glaciar, baja en sodio). Luego vertí exactamente 120 mililitros en la pequeña mamadera de plástico. La llevé al microondas y programé el equipo para que la calentara durante tan solo treinta segundos.
Treinta segundos son muy poco tiempo, y sin embargo el tiempo muerto entre tarea y tarea me invitó a la reflexión. Pensé en que era muy conveniente vivir en este milenio, y disponer de electrodomésticos como el microondas, que facilitan la vida. Mi madre me calentaba la leche al fuego, y seguramente debía dedicar muchos más minutos de su día a la simple tarea de darme de comer… ¿o acaso mi madre tenía microondas, y era mi abuela la desdichada que no podía disfrutar de esta ayuda doméstica?
El aire estaba extraño. Caí en un profundo ensimismamiento, y pronto sentí que ya no podría salir de él. Me sentí más pesada. Sentía como si mi cuerpo se transformara en plomo. Sentía que mi mente era liviana y se elevaba, mientras que mi cuerpo se hundía en la pesadez de una mañana diferente. Treinta segundos son muy poco tiempo, pero esa mañana duraron una eternidad.
De pronto, el bip bip biiiiiip del microondas me despertó rápidamente y supe que era hora de completar mi tarea. Extraje la mamadera con agua y la posicioné junto a la lata de leche maternizada. Abrí el plateado producto y, en su tapa azul, encontré la cucharita que servía, además, como medida. Está siempre en la tapa; quienes elaboran el producto lo pensaron así, para que no se pierda. Una cucharada, dos cucharadas, tres y cuatro. Una por cada 30 mililitros de agua. Luego tapé la mamadera con su correspondiente tapa rosca y, con una mano, comencé a batir.
Usualmente, cuando uno bate polvo dentro de un medio líquido, este se mezcla fácilmente. Cada partícula de leche debía mezclarse con el agua. El agua debía volverse más espesa y adquirir un color claro. En breves instantes, el producto debía estar terminado. Pero ese día había algo en el ambiente, algo extraño… la leche en polvo seguía perfectamente separada del agua, como una isla en medio del océano.
 
Al comienzo batí la mamadera como siempre, sin prestar atención. Pero al no obtener el resultado deseado, comencé a desesperarme. Tomé el objeto plástico que tanto conocía con ambas manos y lo sacudí frenéticamente. Mientras estaba en movimiento, podía ver cómo el polvo se esparcía dentro del agua, pero sin llegar a mezclarse. Y al dejar la mamadera en reposo podía verla nuevamente: la isla de leche.
 
Desde la otra habitación me llegaba el llanto estridente de mi pequeña, que esperaba su comida ansiosa. Sus gritos no colaboraron con mis nervios y en la desesperación probé algo diferente. Abrí la tapa de la mamadera y comencé a revolver el contenido con una cuchara. El montículo de leche se deshizo en partículas danzantes que ocuparon todo el espacio. Me apuré a poner la tapa y cerrar la mamadera. Pero al quedar el líquido en reposo, me di cuenta de que no había triunfado.
 
Pronto regrese al living, donde mi niña me esperaba hambrienta. Todavía tenía la inútil mamadera sujeta entre mis dos manos, y todavía la agitaba sin darme por vencida. En la tele había reaparecido el hombre que, en el noticiero de la mañana, informa sobre el tiempo. Esa tarde no llovería, pero yo ya no pude saberlo porque ya no pude escuchar el informe. Todos mis sentidos estabas concentrados en un único objetivo. En un acto de exasperación, sacudí la mamadera mientras saltaba y agitaba mis brazos; todo a la vez.
De pronto, como si desde dentro se ejerciera una presión incontenible, la mamadera se escapó de mis manos, se elevó en el aire y explotó en pedacitos. Mi living se vio transformado en una isla de leche. 

Trabajo práctico opcional

Elegir una de las siguientes consignas de escritura creativa:

A. Escribir un cuento en el que se relaten los eventos de la primera parte de Los días del venado; desde la llegada de Cucub a Los Confines hasta su partida junto con Dulkancellin. El narrador debe ser interno protagonista, y debe adoptar la voz y el punto de vista de Kume.

B. Escribir un cuento en el que se relaten los eventos de la primera parte de Los días del venado; desde la visita de la familia al Valle de los Antepasados (considerar el evento de la pluma de oropéndola) hasta que Cucub les informa que Dulkancellin tendría que partir. El narrador debe ser interno protagonista, y debe adoptar la voz y el punto de vista de Thungur.