Para practicar (para la prueba del 1/4)

Oraciones para analizar:

El protagonista del texto metió su mano en el cuello del pulóver.

El texto presenta un evento sobrenatural.

Las garras atacaron al hombre y arañaron su rostro fuertemente.

Soluciones:

Próximamente

Publicado en 2019, consignas de trabajo, PRIMER TRIMESTRE, Segundo año | Deja un comentario

APARTADOS TEÓRICOS PARA TRABAJAR CON LA CAUTIVA

SOBRE EL GÉNERO

UN POCO DE INFORMACIÓN SOBRE LA ÉPOCA

SOBRE EL DESIERTO

Publicado en 2019, Cuarto año, materiales para trabajar, PRIMER TRIMESTRE | Deja un comentario

Intervenciones de lo sobrenatural: el relato fantástico

Cuando en un texto lo sobrenatural irrumpe… ¿estamos frente a un relato fantástico? ¿siempre?

Para poder analizar los relatos que estamos leyendo desde el punto de vista del genérico, será necesario leer un poco  sobre el género fantástico…

 

Un intento de definir la literatura fantástica

La literatura fantástica se ha definido muchas veces por su oposición a la literatura realista: en un sentido amplio, se ha dicho que es aquella en la que se presentan elementos sobrenaturales. Así entendida la terminología, se podría afirmar que el cuento maravilloso es un tipo de relato propio de esta literatura. Sin embargo, hablar de la literatura fantástica como género implica hacer referencia a un tipo de relato particular, con sus características y elementos propios, en el cual el elemento extraordinario aparece en condiciones específicas.

Por eso, en un sentido más restringido, podríamos pensar el relato fantástico como aquel que, aunque toma lugar en un contexto realista, presenta un acontecimiento extraordinario. Es decir que podemos definir lo fantástico como un quiebre de la realidad cotidiana.

A diferencia de los personajes propios de los cuentos maravillosos, que viven en una tierra mágica, los personajes que aparecen en la literatura fantástica viven en un universo que el lector puede fácilmente identificar como propio. Pero, en un determinado momento de la narración, un elemento extraño y sobrenatural se introduce en sus vidas. Y, tanto para ellos como para el lector, esta aparición resulta perturbadora, tanto por lo repentina como por lo inexplicable.

En todo texto fantástico, se presenta un intento por explicar de manera racional un acontecimiento que se resiste a tal esclarecimiento, dejando únicamente una duda respecto de su origen.

Esta sensación de ambigüedad en relación con la naturaleza de lo sucedido se logra utilizando recursos tales como:

  • El uso de expresiones como “tal vez”, “quizás”, “acaso”, “parecía”, etc.

 

  • La voz del narrador (generalmente un narrador-protagonista) que se cuestiona acerca de la realidad de lo que experimenta.

 

  • La inclusión de personajes que experimentan situaciones traumáticas, que podrían derivar en alucinaciones, locura o ensoñaciones.

 

La definición de Tzvetan Todorov

Muchos teóricos se han dedicado al estudio de la literatura fantástica. Uno de ellos ha sido el búlgaro Tzvetan Todorov quien, en su obra Introducción a la literatura fantástica, se ocupó de delimitar los alcances del género para lograr una definición más ajustada.

Para él, lo que define al relato fantástico es la vacilación que experimentan los personajes de una narración ante un acontecimiento extraño que rompe con las leyes de lo real; duda que es compartida por el lector. Así, sólo se podría hablar del efecto fantástico mientas que sea posible titubear entre dos explicaciones para un mismo hecho: una racional y una sobrenatural.

A partir de esta premisa, Todorov opone lo que él llama fantástico puro a otros dos conceptos lindantes: lo extraño y lo maravilloso. Si el fenómeno que parecía sobrenatural se explica de manera racional al final del relato, entonces estaríamos en el terreno de lo insólito o extraño. Lo que a primera vista parecía escapar a las leyes de la naturaleza resulta no ser otra cosa que un engaño de los sentidos, explicable por estas mismas leyes. En cambio, si el fenómeno recibe una explicación que remite a leyes que se oponen a la realidad conocida, entonces estaríamos en el ámbito de lo maravilloso.

Sin embargo, Todorov reconoce que los límites no resultan nunca tan claros, y por eso propone zonas lindantes, que no podrían identificarse claramente con ninguna de las tres categorías. Así, llama fantástico-insólito al relato que, si bien explica racionalmente las dudas suscitadas por algún hecho, abunda en coincidencias sospechosas, convirtiendo en poco probable la explicación dada. Por otra parte, llama fantástico-maravilloso al texto que acepta la interpretación irracional tras la vacilación inicial. La diferencia con lo maravilloso puro residiría, entonces, en que allí los eventos sobrenaturales son parte de la realidad del relato, y no reciben reacción particular por parte de los personajes o del lector.

 

El fantástico y la ciencia ficción

El fantástico comparte elementos con otro género que, hasta ahora, no hemos mencionado: la ciencia ficción.

Ambos géneros presentan elementos cuya lógica se contradice con el funcionamiento de la realidad conocida. La diferencia radica en la explicación que cada uno propone para estos elementos extraordinarios: mientras que el fantástico plantea una posible explicación a través de fuerzas sobrenaturales, la ciencia ficción provee causas “cientifizadas” que pretenden adaptarse a la racionalidad del orden conocido, y que incluso aparecen como posibles en el futuro del mundo real.

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La Cautiva: un poco de información

Para leer un texto como La Cautiva, y poder entenderlo como una obra fundacional de la literatura argentina, es necesario contar con cierta información. Tendremos que revisar algo de historia, visitar la vida de su autor y conocer nociones indispensables sobre el género.

Empecemos con la biografía de Esteban Echeverría:

Esteban Echeverría 1805-1851

José Esteban Antonio Echeverría nació el 2 de septiembre de 1805, en una Buenos Aires todavía colonial que no había sufrido siquiera el desembarco de los ingleses. Hijo de José Domingo Echeverría, comerciante vasco, y de Martina Espinosa, porteña, afronta desde su primera infancia la muerte prematura de su padre. Más tarde, gustará recordar su adolescencia desde una mirada romántica: la de un joven rebelde y transgresor que, con su conducta, decepciona a la madre.

En 1822, el mismo año en que muere su madre, Echeverría comienza a tomar contacto con las lecturas propias de un joven intelectual de principios del siglo XIX. Estudia, entre otras disciplinas, latín y filosofía en el Departamento de Estudios Preparatorios de la reciente Universidad, producto de las reformas efectuadas por la política cultural del gobierno de Rivadavia. Además de recibir instrucción sobre francés, historia y pintura, en 1824 es dependiente de Aduana del establecimiento de Sebastián Lezica y Félix Piñeyro. Paradójicamente, este interés por el comercio enlaza al futuro escritor con su educación europea: sus jefes, al reconocer sus condiciones intelectuales, lo impulsan a viajar a Francia. Instalado ya en el faro de la cultura de la época, es recibido en París como becario para estudiar en el Ateneo. Lee a Goethe, Schiller y a Lord Byron. Toma contacto con obras del romanticismo alemán, que se está imponiendo, y con el socialismo utópico del conde de Saint-Simon, filósofo que funcionará como base de los primeros escritos de Echeverría y de Juan Bautista Alberdi. De este período es Ilusiones, su primera incursión en la poesía.

Tal vez por razones económicas –y encontrándose sus estudios aún incompletos-, abandona París en julio de 1830. Había salido de su país como “comerciante” y, a su regreso, es registrado como “literato”. Un cambio más que significativo.

En esta etapa el autor construye su figura de poeta. Publica en La Gaceta Mercantil, de manera anónima, dos poemas que luego integrarán Las consuelos (1834). Otras publicaciones en el Diario de la Tarde lo van acercando al estrecho núcleo de jóvenes intelectuales rioplatenses. En 1832, cuando edita Elvira o la novia del Plata, pasa casi inadvertido, pero, más tarde, el texto será cargado con un valor fundamental: se trata del primer poemario en lengua española que adhiere al proyecto estético romántico.

1837 es el año clave en la vida del poeta. Con Juan Manuel de Rosas en el gobierno de la provincia de Buenos Aires desde 1835, los grupos intelectuales no oficialistas comienzan a verse amenazados. En este contexto surge el Salón Literario, asociación cultural que sesionaba en la librería de Marcos Sastre y donde se leyó, en su primera reunión del 26 de junio, la “primera parte” de La cautiva, entonces inédito. Aparece, junto con otros poemas, bajo el título de Rimas en septiembre de ese mismo año, en el momento en que Sastre le ofrece a Echeverría la dirección del Salón. Es indudable que muchos lo consideran ya un líder intelectual. Tanto sus lecturas como las de algunos de sus compañeros denotan un esfuerzo por apelar a las esferas de poder, sin declarárseles todavía en desacuerdo y apartándose de la antonimia unitarios/federales. Después del cierre del Salón, a causa de veladas amenazas, el grupo de intelectuales luego conocido como “Generación del 37” se nuclea alrededor de la Asociación de la Joven Argentina, otra agrupación literaria formada en junio del año siguiente, ya de carácter clandestino. Sucesos históricos como la invasión del general Lavalle a la provincia terminan de definir posiciones políticas en el grupo, que toma una marcada tendencia unitaria.

Producto de estos últimos momentos de retiro en una estancia cerca de Luján, Los Talas, perteneciente a uno de sus hermanos, es probablemente El matadero, texto publicado muchos años después de la muerte de su autor, en 1871. Cuando se embarca hacia Colonia y se desplaza luego hacia Montevideo, inicia la etapa del exilio, de espaciada producción literaria. Echeverría reúne también la “Asociación de Mayo”, en clara continuidad con la agrupación porteña que el exilio había fragmentado. Ya enfermo y sobre el final de su vida, es designado miembro del Instituto de Instrucción Pública de Montevideo. En 1849 integra en Consejo de la Universidad de esa ciudad.

Los imprevisibles juegos de azar quisieron que Echeverría falleciera del 19 de enero de 1851, un año antes de la derrota, en Caseros, de Rosas –a quien había combatido sobre todo con la palabra.

Los críticos del siglo siguiente reconocieron el carácter fundacional de dos textos como La cautiva y El matadero, que inauguraron otra forma de decir en la literatura argentina.

 

 

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Los caminos de un escritor

Clase de Julio Cortázar

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SOBRE LOS ENSAYOS

SOBRE LOS ENSAYOS

Publicado en 2019, apuntes de clase, Cuarto año, PRIMER TRIMESTRE | Deja un comentario

Pensar la literatura argentina: primer trabajo escrito del año

Consigna de trabajo: 

A partir de la lectura del cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar y de una de sus clases impartidas en la universidad de Berkeley, y tomando en consideración su biografía, escribir un ensayo argumentativo que permita sostener alguna de las siguientes hipótesis:

  • “Casa tomada”, cuento escrito por Julio Cortázar, es un texto que participa de la literatura argentina.
  • Julio Cortázar puede ser considerado como un modelo del escritor argentino e incluso del escritor latinoamericano.

Para resolver las consignas, deben tener en cuenta:

Las actividades realizadas sobre el cuento «Casa tomada», y el cuadro sobre la literatura argentina que elaboramos entre todos.

PRIMER TRIMESTRE: PENSAR LA LITERATURA ARGENTINA

UN TEXTO DE LITERATURA ARGENTINA

 

Publicado en 2019, consignas de trabajo, Cuarto año, PRIMER TRIMESTRE | Deja un comentario

UN TEXTO DE LITERATURA ARGENTINA

CASA TOMADA, JULIO CORTÁZAR

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

CONSIGNA DE TRABAJO: a partir de las ideas elaboradas durante la última clase y sintetizadas en un cuadro publicado en la entrada anterior, considerar por qué este texto participa de la literatura argentina. 

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INTERVENCIONES DE LO SOBRENATURAL: PRIMER EJEMPLO

Hasta ahora estuvimos trabajando sobre distintas intervenciones de lo sobrenatural, pero desde nuestra escritura. Por eso, ahora vamos a leer un ejemplo de un escritor argentino: Julio Cortázar.

No se culpe a nadie, Julio Cortázar

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

 

Para analizar el cuento, responder:

1. ¿Cómo es el espacio en el que transcurre el texto? ¿Se trata de un espacio sobrenatural?

2. ¿cuál es el evento sobrenatural que irrumpe en el texto?

3. ¿Cómo actúa el personaje principal? ¿qué reacciones le genera el encuentro con lo sobrenatural?

4. ¿Qué reacciones genera en el lector la irrupción de un evento sobrenatural en este texto?

Luego, resolver la siguiente consigna:

Justificar la siguiente cita: «en el texto, lo esperable y cotidiano se vuelve inesperado y extraño».

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PRIMER TRIMESTRE: PENSAR LA LITERATURA ARGENTINA

Durante este primer trimestre del año 2019 vamos a organizar nuestro estudio en torno a una pregunta:

¿Cómo se define la literatura argentina?

Para empezar, ¿tienen alguna respuesta posible?

¿Qué hace que un texto pertenezca al universo de la literatura argentina?, ¿cuándo podemos decir que un autor escribe literatura argentina?, ¿qué separa a la literatura argentina, qué la hace única?

  1. En forma individual, responder las preguntas.
  2. Entre todos, conversaremos sobre las respuestas de cada uno.

COMO RESULTADO DE LA CONVERSADO EN CLASE, ENTRE TODOS ARMAMOS UN CUADRO: CUADRO LA LITERATURA ARGENTINA

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