Surcando la tarde dorada
A través de la tarde dorada
sin esfuerzo el agua nos lleva por nuestra parte,
pues los que empujan los remos
son unos bracitos menudos
que intentan, con sus manecitas
guiar el curso errante de nuestra barca.
Pero, ¡qué crueles las tres!
ya que sin reparar en el apacible tiempo
ni en el ensueño de la hora presente,
¡exigen un cuento de una voz que apenas tiene aliento,
tanto que ni una pluma podría soplar!
Pero, ¿qué podría una voz tan débil
contra la voluntad de las tres?
La primera, dominante, dicta su decreto:
“¡Que comience el cuento!”
La segunda, con tono más amable, solicita
que el cuento no sea tonto,
mientras que la tercera detiene la historia
nada más que una vez por minuto.
Logrado al fin el silencio,
con la imaginación nos lleva,
en pos de esa niña soñada,
por un nuevo mundo, de hermosas maravillas
en el que hasta los pájaros y las bestias hablan
con voz humana, y ellas casi se creen estar allí de veras.
Y cada vez que el narrador intentaba,
agotada ya la fuente de su inspiración,
aplazar la narración para el día siguiente,
y decía: “El resto para la próxima vez”,
las tres, a coro decían: “¡Ya es la próxima vez!”
Y así fue surgiendo el “País de las Maravillas”,
poquito a poco, y una a una,
el cincelado de sus extrañas aventuras.
Y ahora, que el relato toca a su fin,
también el timón de la barca nos guía al hogar,
¡una alegre tripulación, bajo el sol que se pone!
Alicia, recibe este cuento infantil.
Ponlo con tu mano pequeña y amable
donde descansan los cuentos infantiles,
entrelazados en mística guirnalda de la memoria,
como las flores ya marchitas.
Es la ofrenda de un peregrino
que las recogió en tierras lejanas.
Para analizar – Surcando la tarde dorada