La introducción a un clásico: Surcando la tarde dorada

Surcando la tarde dorada

 

A través de la tarde dorada

sin esfuerzo el agua nos lleva por nuestra parte,

pues los que empujan los remos

son unos bracitos menudos

que intentan, con sus manecitas

guiar el curso errante de nuestra barca.

Pero, ¡qué crueles las tres!

ya que sin reparar en el apacible tiempo

ni en el ensueño de la hora presente,

¡exigen un cuento de una voz que apenas tiene aliento,

tanto que ni una pluma podría soplar!

Pero, ¿qué podría una voz tan débil

contra la voluntad de las tres?

La primera, dominante, dicta su decreto:

“¡Que comience el cuento!”

La segunda, con tono más amable, solicita

que el cuento no sea tonto,

mientras que la tercera detiene la historia

nada más que una vez por minuto.

Logrado al fin el silencio,

con la imaginación nos lleva,

en pos de esa niña soñada,

por un nuevo mundo, de hermosas maravillas

en el que hasta los pájaros y las bestias hablan

con voz humana, y ellas casi se creen estar allí de veras.

Y cada vez que el narrador intentaba,

agotada ya la fuente de su inspiración,

aplazar la narración para el día siguiente,

y decía: “El resto para la próxima vez”,

las tres, a coro decían: “¡Ya es la próxima vez!”

Y así fue surgiendo el “País de las Maravillas”,

poquito a poco, y una a una,

el cincelado de sus extrañas aventuras.

Y ahora, que el relato toca a su fin,

también el timón de la barca nos guía al hogar,

¡una alegre tripulación, bajo el sol que se pone!

Alicia, recibe este cuento infantil.

Ponlo con tu mano pequeña y amable

donde descansan los cuentos infantiles,

entrelazados en mística guirnalda de la memoria,

como las flores ya marchitas.

Es la ofrenda de un peregrino

que las recogió en tierras lejanas.

 

Para analizar – Surcando la tarde dorada

 

 

Las hermanas Ocampo

Durante el Segundo Trimestre, vamos a trabajar con el siguiente tema:

La mujer en la literatura: el rol de las hermanas Ocampo en el campo literario argentino

Para eso, vamos a trabajar con diversos materiales:

  1. Estudiaremos su biografía: Las hermanas Ocampo
  2. Trabajaremos con textos de Victoria que se preguntan por el rol de la mujer: la mujer y su expresión
  3. Analizaremos algunos cuentos de Silvina, que presentan figuras femeninas muy particulares: Ana Valerga, Clotilde Ifrán y La boda
  4. Leeremos una novela que Silvina Ocampo publicó junto a su marido, Adolfo Bioy Casares: Los que aman, odian

 

 

Repaso para la prueba del 15/5 y para el trimestral

  1. El héroe mitológico. Leer atentamente la información proporcionada sobre Belerofonte (leer el texto informativo y el relato). Luego, responder las preguntas.

Texto informativo: Belerofonte

Belerofón o Belerofonte, era un héroe de la mitología griega, cuyas mayores hazañas fueron matar a la Quimera y domar al caballo alado Pegaso. Era el hijo del rey Glauco de Corinto y de Eurímede, aunque algunas tradiciones le hacen hijo de Poseidón y Eurínome.

Su nombre original era Hipónoo o Leofontes, sin embargo se lo cambió por el de Belerofonte (que significa “asesino de Belero”) después de haber matado accidentalmente a un tirano de Corinto llamado Belero.

 

Relato: La gran aventura de Belerofonte y Pegaso

Belerofonte, un joven príncipe de Corinto, vivió durante un período de tiempo en la corte del rey Preto, cuando éste era rey de Argos. Cuando se dio cuenta que Antea, la esposa del rey se había enamorado de él, hizo todo lo posible por evitarla. Durante mucho tiempo, la joven continuó persiguiéndolo, pero al fin, enojada por verse continuamente rechazada, decidió vengarse. Con la expresión más inocente, contó a su marido que el joven príncipe le había hecho proposiciones deshonestas. Preto dio crédito a su esposa, pero las leyes de la hospitalidad no le permitían matar a su huésped.  Entonces urdió un retorcido plan. Pidió a Belerofonte que llevará en su nombre una carta a Ióbates, el padre de Antea. La carta estaba sellada y Belerofonte no tenía idea de su contenido: en ella se decía que Belerofonte era una adúltero peligroso y le pedía que buscase el medio de matarlo porque estaba en juego el honor de Antea. Ióbates mostró cierta reticencia a ejecutar él mismo el asesinato, pero estudió un plan que  a su entender, le daría idéntico resultado. Le propuso a Belerofonte que fuese a luchar contra un monstruo que estaba causando graves problemas: la Quimera. Era una criatura monstruosa con dos cabezas; una de cabra y otra de león, el cuerpo también era de león y la cola era una enorme serpiente. Además, echaba fuego por la boca.  Fue engendrado por dos seres igualmente monstruosos y malignos: Tifón y Equidna.

Estaba claro que si Belerofonte no se ofrecía a matar al monstruo pasaría por un cobarde, aceptó el desafío sin vacilar. Antes de salir para su aventura, Belerofonte fue a pedir consejo a un vidente, el cual le dijo que sólo conseguiría salir victorioso de esa empresa si  iba montado en el caballo alado Pegaso. Hijo de Poseidón (también conocido como Neptuno) y de Medusa, Pegaso era un corcel de cuerpo muy hermoso y tenía dos grandes alas que le permitían cernerse en el aire con la gracia de un pájaro.

Aquella noche, mientras Belerofonte iba hacia Corinto, se le apareció la diosa Atenea con una brida de oro en la mano. – Toma esto si quieres domarlo- le dijo. Poco después, Belerofonte pudo montar encima de él y levantar el vuelo. Había llegado el momento de la gran aventura.

Las alas extendidas de Pegaso lo llevaron hasta una altiplanicie donde divisó la monstruosa silueta de la Quimera. El monstruo ya estaba en actitud de desafío, e intentaba atacar al caballo con sus garras de león. Belerofonte le disparaba flechas una tras otra con la intención de ir debilitando progresivamente a la Quimera.

Finalmente y para acabar definitivamente con un monstruo que no se terminaba de rendir, le introdujo en la boca una lanza, en cuyo extremo había fijado una masa con plomo. La Quimera echaba fuego por la boca y al serle introducida la lanza con plomo, el metal, por efecto del calor, se derretía rápidamente y se iba filtrando como un arroyo en el estómago de la Quimera, empujándola a una muerte atroz.

Cuando Belerofonte volvió  victorioso al palacio real de Ióbates, el rey empezó a dudar por primera vez que un hombre así hubiera podido comportarse de un modo tan deshonroso como había hecho creer su hija. Ióbates se terminó dando cuenta de que se había equivocado con Belerofonte y para reparar la ofensa pasada le ofreció la mano de su segunda hija. Se casaron y en el palacio se celebró una fiesta suntuosa. Belerofonte  era ahora muy considerado y universalmente admirado por su valor.

PREGUNTAS:

A. Explicar la siguiente cita: “Cuando Belerofonte volvió  victorioso al palacio real de Ióbates, el rey empezó a dudar por primera vez que un hombre así hubiera podido comportarse de un modo tan deshonroso como había hecho creer su hija”. ¿Por qué Ióbates duda de la palabra de su hija?

B. ¿Por qué Ióbates le propone a Belerofonte que luche contra la Quimera? Explicar el plan.

C. ¿Por qué Belerofonte puede ser definido como un héroe griego? Para responder esta pregunta, mencionar al menos tres características del héroe griego.

D. Explicar por qué el texto “Belerofonte y Pegaso” puede definirse como un relato mitológico. Utilizar citas para justificar las afirmaciones.

 

2. Análisis sintáctico:

A. Belerofonte, un joven príncipe de Corinto, vivió durante un período de tiempo en la corte del rey Preto.

B. Ióbates, el padre de Antea, leyó la carta de Preto y diseñó un plan.

C. Preto, rey de Argos , urdió un retorcido plan.

3. La categoría de “héroe”:

 

¿Es lo mismo decir “héroe” que decir “héroe mitológico”? ¿Por qué?

¡Bienvenidos! Empieza un nuevo 4to año (2017)

En este entrada encontrarán una guía de trabajo anual. Esta entrada se irá modificando a lo largo del año, acompañando nuestro trabajo.

Estudios sobre la literatura argentina y latinoamericana

Primer Trimestre

Pensar la Literatura Argentina: lecturas de Jorge Luis Borges

Materiales: CUADERNILLO 1ER TRIMESTRE

¡ATENCIÓN! Para quienes tengan problemas para imprimir o comprar el cuadernillo, dejo un apunte con las primeras copias que vamos a usar. Este material tiene que estar en clase: Apuntes para empezar a trabajar

 

 

La narrativa de Juan Rulfo: lectura de cuentos cortos de El Llano en llamas

Leer atentamente el siguiente cuento de Juan Rulfo:

La noche que lo dejaron solo

En: El Llano en llamas, de Juan Rulfo

 

-¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?

-Llegaremos mañana amaneciendo -le contestaron.

Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras. Pero de eso se acordaría después, al día siguiente.

Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche.

“Es mejor que esté oscuro. Así no nos verán.” También habían dicho eso, un poco antes, o quizá la noche anterior. No se acordaba. El sueño le nublaba el pensamiento.

Ahora, en la subida, lo vio venir de nuevo. Sintió cuando se le acercaba, rodeándolo como buscándole la parte más cansada. Hasta que lo tuvo encima, sobre su espalda, donde llevaba terciados los rifles.

Mientras el terreno estuvo parejo, caminó deprisa. Al comenzar la subida, se retrasó; su cabeza empezó a moverse despacio, más lentamente conforme se acortaban sus pasos. Los otros pasaron junto a él, ahora iban muy adelante y él seguía balanceando su cabeza dormida.

Se fue rezagando. Tenía el camino enfrente, casi a la altura de sus ojos. Y el peso de los rifles. Y el sueño trepado allí donde su espalda se encorvaba.

Oyó cuando se le perdían los pasos: aquellos huecos talonazos que habían venido oyendo quién sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches: “De la Magdalena para allá, la primera noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas -pensó-, si al menos hubiéramos dormido de día”. Pero ellos no quisieron: Nos pueden agarrar dormidos -dijeron-. Y eso sería lo peor.

-¿Lo peor para quién?

Ahora el sueño le hacía hablar. “Les dije que esperaran: vamos dejando este día para descansar. Mañana caminaremos de filo y con más ganas y con más fuerzas, por si tenemos que correr. Puede darse el caso.”

Se detuvo con los ojos cerrados. “Es mucho -dijo-. ¿Qué ganamos con apurarnos? Una jornada. Después de tantas que hemos perdido, no vale la pena”. En seguida gritó: “¿Dónde andan?”

Y casi en secreto: “Váyanse, pues. ¡Váyanse!”

Se recostó en el tronco de un árbol. Allí estaban la tierra fría y el sudor convertido en agua fría. Ésta debía de ser la sierra de que le habían hablado. Allá abajo el tiempo tibio, y ahora acá arriba este frío que se le metía por debajo del gabán: “Como si me levantaran la camisa y me manosearan el pellejo con manos heladas.”

Se fue sentando sobre el musgo. Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche y encontró una cerca de árboles. Respiró un aire oloroso a trementina. Luego se dejó resbalar en el sueño, sobre el cochal, sintiendo cómo se le iba entumeciendo el cuerpo.

 

Lo despertó el frío de la madrugada. La humedad del rocío.

Abrió los ojos. Vio estrellas transparentes en un cielo claro, por encima de las ramas oscuras.

“Está oscureciendo”, pensó. Y se volvió a dormir.

Se levantó al oír gritos y el apretado golpetear de pezuñas sobre el seco tepetate del camino. Una luz amarilla bordeaba el horizonte.

Los arrieros pasaron junto a él, mirándolo. Lo saludaron: “Buenos días”, le dijeron. Pero él no contestó.

Se acordó de lo que tenía que hacer. Era ya de día. Y él debía de haber atravesado la sierra por la noche para evitar a los vigías. Este paso era el más resguardado. Se lo habían dicho.

Tomó el tercio de carabinas y se las echó a la espalda. Se hizo a un lado del camino y cortó por el monte, hacia donde estaba saliendo el sol. Subió y bajó, cruzando lomas terregosas.

Le parecía oír a los arrieros que decían: “Lo vimos allá arriba. Es así y asado, y trae muchas armas.”

Tiró los rifles. Después se deshizo de las carrilleras. Entonces se sintió livianito y comenzó a correr como si quisiera ganarles a los arrieros la bajada.

Había que “encumbrar, rodear la meseta y luego bajar”. Eso estaba haciendo. Obre Dios. Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las mismas horas.

Llegó al borde de las barrancas. Miró allá lejos la gran llanura gris.

“Ellos deben estar allá. Descansando al sol, ya sin ningún pendiente”, pensó.

Y se dejó caer barranca abajo, rodando y corriendo y volviendo a rodar.

“Obre Dios”, decía. Y rodaba cada vez más en su carrera.

Le parecía seguir oyendo a los arrieros cuando le dijeron: “¡Buenos días!” Sintió que sus ojos eran engañosos. Llegarán al primer vigía y le dirán: “Lo vimos en tal y tal parte. No tardará el estar por aquí.”

De pronto se quedó quieto.

“¡Cristo!”, dijo. Y ya iba a gritar: “¡Viva Cristo Rey!”, pero se contuvo. Sacó la pistola de la costadilla y se la acomodó por dentro, debajo de la camisa, para sentirla cerquita de su carne. Eso le dio valor. Se fue acercando hasta los ranchos del Agua Zarca a pasos queditos, mirando el bullicio de los soldados que se calentaban junto a grandes fogatas.

Llegó hasta las bardas del corral y pudo verlos mejor; reconocerles la cara: eran ellos, su tío Tanis y su tío Librado. Mientras los soldados daban vuelta alrededor de la lumbre, ellos se mecían, colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.

No quiso seguir viéndolos. Se arrastró a lo largo de la barda y se arrinconó en una esquina, descansando el cuerpo, aunque sentía que un gusano se le retorcía en el estómago.

Arriba de él, oyó que alguien decía:

-¿Qué esperan para descolgar a ésos?

-Estamos esperando que llegue el otro. Dicen que eran tres, así que tienen que ser tres. Dicen que el que falta es un muchachito; pero muchachito y todo, fue el que le tendió la emboscada a mi teniente Parra y le acabó su gente. Tiene que caer por aquí, como cayeron esos otros que eran más viejos y más colmilludos. Mi mayor dice que si no viene de hoy a mañana, acabalamos con el primero que pase y así se cumplirán las órdenes.

-¿Y por qué no salimos mejor a buscarlo? Así hasta se nos quitaría un poco lo aburrido.

-No hace falta. Tiene que venir. Todos están arrendando para la Sierra de Comanja a juntarse con los cristeros del Catorce. Éstos son ya de los últimos. Lo bueno sería dejarlos pasar para que les dieran guerra a los compañeros de Los Altos.

-Eso sería lo bueno. A ver si no a resultas de eso nos enfilan también a nosotros por aquel rumbo.

Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el estómago. Luego sorbió tantito aire como si se fuera a zambullir en el agua y, agazapado hasta arrastrarse por el suelo, se fue caminando, empujando el cuerpo con las manos.

Cuando llegó al reliz del arroyo, enderezó la cabeza y se echó a correr, abriéndose paso entre los pajonales. No miró para atrás ni paró en su carrera hasta que sintió que el arroyo se disolvía en la llanura.

Entonces se detuvo. Respiró fuerte y temblorosamente.

 

Leer atentamente el siguiente cuento de Juan Rulfo y luego responder las preguntas:

Nos han dado la tierra

En: El Llano en llamas, de Juan Rulfo

 

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.

Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.

Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.

Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos cuatro”. Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.

Faustino dice:

-Puede que llueva.

Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que sí”.

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.

Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.

Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.

Nos dijeron:

-Del pueblo para acá es de ustedes.

Nosotros preguntamos:

-¿El Llano?

– Sí, el llano. Todo el Llano Grande.

Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.

Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

-Es que el llano, señor delegado…

-Son miles y miles de yuntas.

-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.

-¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.

– Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

– Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

– Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos…

Pero él no nos quiso oír.

Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.

Melitón dice:

-Esta es la tierra que nos han dado.

Faustino dice:

-¿Qué?

Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.”

Melitón vuelve a decir:

-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.

-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.

Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.

Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:

-Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?

-Es la mía- dice él.

-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?

-No la merqué, es la gallina de mi corral.

-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?

-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.

-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.

Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:

-Estamos llegando al derrumbadero.

Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras.

Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.

Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.

Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.

Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.

-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.

Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado está allá arriba.

 

Preguntas:

  1. ¿Quiénes son los personajes de este cuento? ¿Hay alguna pista que indique su relación con la revolución mexicana?
  2. ¿Cuál es el rol del Gobierno en este cuento? Considerar hasta qué punto puede verse como un rol positivo.
  3. Explicar por qué el final del texto parece refutar su título.
  4. Elegir una o dos citas que permitan dar cuenta cómo es la naturaleza que se presenta en el texto. Explicar por qué estas imágenes son propias del realismo mágico.
  5. Luego de analizar el texto en detenimiento, considerando las respuestas dadas a las preguntas 1, 2, 3 y 4, explicar por qué este cuento podría inscribirse dentro de la narrativa del boom latinoamericano.
  6. Explicar la relación que se presenta entre el título del libro El llano en llamas y los sucesos que se narran en el cuento “Nos han dado la tierra”.

Los relatos de Silvina Ocampo

Ana Valerga

Ana, Ana, la llamaban y acudía corriendo como si la persiguieran. Los ojos de lebrel, la boca de anfibio, las manos de araña, el pelo de caballo, hacían de ella un animal más que una mujer. La conocí por casualidad en el policlínico cuando acompañé a una de mis amigas a visitar a un niño que estaba internado allí. Por su cuenta, Ana Valerga había instalado en el edificio, en un rincón del garaje en desuso, una clase para niños atrasados, que le valió cierta fama en el barrio. Los niños eran difíciles de educar, algunos rebeldes y tercos, pero Ana Valerga tenía un sistema para domarlos: los amenazaba con un vigilante que los llevaría presos. El vigilante, que era amigo de ella, después de darle un beso, se colocaba estratégicamente detrás de una puerta para asustar a los niños. Ana también los amenazaba, cuando no estaba el vigilante disponible, con los monumentos de la ciudad; les decía que no eran de bronce, ni de piedra, ni de mármol, como creía la gente, sino de carne y hueso. Los indios, los caballos, los toros y las mujeres aparentemente no se movían, pero bastaba que pasara un niño para que lo robaran. Lo que nunca había sabido era para qué los querían. En noches de insomnio, Ana Valerga ideaba modos de lograr la obediencia de los niños. Para que ellos creyeran las historias que inventaba, no vaciló en molestarse de mil maneras. Una vez persuadió al vigilante para que la detuviera, ante los niños, porque un vaso de agua se derramó; otra vez llevó, con un grupo de niños, maíz a un caballo de bronce; otra vez pan a mujeres de mármol; otra vez agua a un prócer. Los niños reaccionaron de un modo favorable: obedecieron, fueron más dóciles ante las amenazas. Si no hubiera sido por el desdichado Mochito, que estuvo a punto de perder la vida entre las flechas de los indios de mármol, de la plaza Gualeguaychú, una tarde, Ana Valerga hubiera progresado en su labor educativa; pero las autoridades cerraron su clase y la llevaron presa por practicar una enseñanza ilegal y torturar a los niños enfermos. Las madres protestaron: los niños habían progresado, sin vacilar reconocían el nombre de los monumentos, de los próceres. No parecían muertos, como antes.

  1. ¿Quién es Ana Valerga? Describir al personaje.
  2. Considerar la siguiente frase del texto y explicar en qué medida colabora con la descripción del personaje: Los ojos de lebrel, la boca de anfibio, las manos de araña, el pelo de caballo, hacían de ella un animal más que una mujer.
  3. Identificar el género del relato y justificar la respuesta.
  4. Analizar el vínculo que existe entre los niños del hospital y las estatuas con las que se relacionan. Para hacerlo, tener en cuenta la última frase del relato.
  5. ¿Podríamos definir al texto como un cuento misógino? ¿Por qué?

 

Clotilde Ifrán

Lloró todo el día por el traje de diablo que no le habían hecho. Faltaban tres días para Carnaval, la fecha de su cumpleaños. Su madre no tenía tiempo para ocuparse de esas cosas. —Buscate una modista. Ya tenés nueve años. Sos bastante grande para ocuparte de tus cosas. El canto de las chicharras, las flores de las catalpas con elocuencia señalaban el verano y el maravilloso misterio de las proximidades de Carnaval. Clemencia buscó la libreta vieja donde estaban anotados los números de teléfono. En la letra M encontró el número de una modista que había muerto hacía ocho años. Decía así: Clotilde Ifrán (la finada). Pensó: ¿Por qué no la voy a llamar?. Sin vacilar marcó el número. La atendieron en el acto. Interrogó: —¿Está Clotilde Ifrán?. La voz de Clotilde Ifrán respondió: —Soy yo. Con todos los pormenores de sus desventuras Clemencia explicó lo que le sucedía. Clotilde Ifrán con bondad la escuchó. Prometió buscar el género. Tenía las medidas de Clemencia. Recordó que no hacía un año le había hecho un vestido de fiesta. Iría a probarle el vestido al día siguiente, a la hora de la siesta. Clemencia no dijo nada: era la pequeña venganza que utilizaba en contra de su madre por no haberse ocupado del traje de diablo. Durante las horas que esperó a Clotilde Ifrán, Clemencia no comió ni durmió. Cuando llegó Clotilde Ifrán se sentía envejecida. No había nadie en la casa. Se hubiera dicho que los relojes se habían detenido. Clotilde Ifrán desenvolvió el traje, sacó las tijeras y los alfileres de su cartera, se enjugó la frente y, arrodillada frente al espejo, le probó el traje de diablo, que olía a aceite de ricino. Le quedaba muy bien, salvo los cuernos del gorro y las costuras del pantalón que en cinco minutos se podían corregir con unas puntadas. —¿Cuántas diabluras harás? —musitó la modista con una sonrisa distraída. Clemencia sintió una gran simpatía por Clotilde Ifrán y se echó en sus brazos. —Te llevaría conmigo a mi casa. Tengo bombones y una careta preciosa — exclamó con ternura—, pero tengo miedo que tu mamá no te dé permiso. —Tengo aquí la plata para pagarle la hechura —dijo Clemencia abriendo un monedero de material plástico—. —Es mi regalo de cumpleaños —respondió Clotilde Ifrán, al despedirse—. Una luz oscura resplandeció en sus ojos enormes. —Quiero irme con vos ahora mismo —protestó Clemencia—. No me dejes. —Vamos —dijo Clotilde—. Envolvieron el traje de diablo en un papel de diario para llevarlo y dejaron la valija con el cepillo de dientes y el camisón. Las dos salieron tomadas de la mano.

 

  1. ¿Cuál es la importancia que adquiere el traje de diablo en el relato?
  2. Considerar el recurso utilizado en la siguiente cita del texto: “—Buscate una modista. Ya tenés nueve años. Sos bastante grande para ocuparte de tus cosas”.
  3. ¿Cuál es la relación entre los tres personajes del cuento? Desarrollar.
  4. Identificar el género del relato y justificar la respuesta.
  5. ¿Podríamos definir al texto como un cuento misógino? ¿Por qué?

La boda

Que una muchacha de la edad de Roberta se fijara en mí, saliera a pasear conmigo, me hiciera confidencias, era una dicha que ninguna de mis amigas tenía. Me dominaba y yo la quería no porque me comprara bombones o bolitas de vidrio o lápices de colores, sino porque me hablaba a veces como si yo fuera grande y a veces como si ella y yo fuéramos dos chicas de siete años. Es misterioso el dominio que Roberta ejercía sobre mí: ella decía que yo adivinaba sus pensamientos, sus deseos. Tenía sed: yo le alcanzaba un vaso de agua, sin que me lo pidiera. Estaba acalorada: la abanicaba o le traía un pañuelo humedecido en agua de Colonia. Tenía dolor de cabeza: le ofrecía una aspirina o una taza de café. Quería una flor: yo se la daba. Si me hubiera ordenado “Gabriela, tírate por la ventana” o “pon tu mano en las brasas” o “corre a las vías del tren para que el tren te aplaste”, lo hubiera hecho en el acto.
Vivíamos todos en los arrabales de la ciudad de Córdoba. Arminda López era vecina mía y Roberta Carma vivía en la casa de enfrente. Arminda López y Roberta Carma se querían como primas que eran, pero a veces se hablaban con acritud: todo surgía por las conversaciones de vestidos o de ropa interior o de peinados o de novios que tenían. Nunca pensaban en su trabajo. A la media cuadra de nuestras casas se encontraba la peluquería LAS OLAS BONITAS. Ahí, Roberta me llevaba una vez por mes. Mientras que le teñían el pelo de rubio con agua oxigenada y amoníaco, yo jugaba con los guantes del peluquero, con el vaporizador, con las peinetas, con las horquillas, con el secador que parecía el yelmo de un guerrero y con una peluca vieja, que el peluquero me cedía con mucha amabilidad. Me agradaba aquella peluca, más que nada en el mundo, más que los paseos a Ongamira o al Pan de Azúcar, más que los alfajores de arrope o que aquel caballo azulejo que montaba en el terreno baldío para la vuelta a la manzana, sin riendas y sin montura y que me distraía de mis estudios.

El compromiso de Arminda López me distrajo más que la peluquería y que los paseos. Tuve malas notas, las peores de mi vida, en aquellos días. Roberta me llevaba a pasear en tranvía hasta la confitería Oriental. Ahí tomábamos chocolate con vainillas y algún muchacho se acercaba para conversar con ella. De vuelta en el tranvía me decía que Arminda tenía más suerte que ella, porque a los veinte años las mujeres tenían que enamorarse o tirarse al río.
-¿Qué río? -preguntaba yo, perturbada por las confidencias.

-No entiendes. Qué le vas a hacer. Eres muy pequeña.

-Cuando me case, me mandaré hacer un hermoso rodete -había dicho Arminda-, mi peinado llamará la atención.

Roberta reía y protestaba:

-Qué anticuada. Ya no se usan los rodetes.

-Estás equivocada. Se usan de nuevo -respondía Arminda-. Verás, si no llamo la atención.

Los preparativos para la boda fueron largos y minuciosos. El traje de novia era suntuoso. Una puntilla de la abuela materna adornaba la bata, un encaje de la abuela paterna (para que no se resintiera) adornaba el tocado. La modista probó el vestido a Arminda cinco veces. Arrodillada y con la boca llena de alfileres la modista redondeaba el ruedo de la falda o agregaba pinzas al nacimiento de la bata. Cinco veces del brazo de su padre, Arminda cruzó el patio de la casa, entró en su dormitorio y se detuvo frente a un espejo para ver el efecto que hacían los pliegues de la falda con el movimiento de su paso. El peinado era tal vez lo que más preocupaba a Arminda. Había soñado con él toda su vida. Se mandó hacer un rodete muy grande, aprovechando una trenza de pelo que le habían cortado a los quince años. Una redecilla dorada y muy fina, con perlitas, sostenía el rodete, que el peluquero exhibía ya en la peluquería. El peinado, según su padre, parecía una peluca.

La víspera del casamiento, el 2 de enero, el termómetro marcaba cuarenta grados. Hacía tanto calor que no necesitábamos mojarnos el pelo para peinarlo ni lavarnos la cara con agua para quitarnos la suciedad. El cielo, de un color gris de plomo, nos asustó. La tormenta se resolvió sólo en relámpagos y avalanchas de insectos. Una enorme araña se detuvo en la enredadera del patio: me pareció que nos miraba. Tomé el palo de una escoba para matarla pero me detuve no sé por qué.

Roberta exclamó:

-Es la esperanza. Una señora francesa me contó una vez que la araña por la noche es esperanza. -Entonces, si es esperanza, vamos a guardarla en una cajita -le dije.

Como una sonámbula, porque estaba cansada y es muy buena, Roberta fue a su cuarto para buscar una cajita.

-Ten cuidado. Son ponzoñosas -me dijo.

-¿Y si me pica?

-Las arañas son como las personas: pican para defenderse. Si no les haces daño, no te harán a ti. Puse la cajita abierta frente a la araña, que de un salto se metió adentro. Después cerré la tapa, que perfore con un alfiler.

-¿Qué vas a hacer con ella? -interrogó Roberta.

-Guardarla.
-No la pierdas -me respondió Roberta.

Desde ese minuto, anduve con la cajita en el bolsillo. A la mañana siguiente fuimos a la peluquería. Era domingo. Vendían matras y flores en la calle. Esos colores alegres parecían festejar la proximidad de la boda. Tuvimos que esperar al peluquero, que fue a misa, mientras Roberta tenía la cabeza bajo el secador.

-Parecés un guerrero -le grité.

Ella no me oyó y siguió leyendo su libro de misa.

Entonces se me ocurrió jugar con el rodete de Arminda, que estaba a mi alcance. Retiré las horquillas que sostenían el rodete compacto dentro de la preciosa redecilla. Se me antojo que Roberta me miraba, pero era tan distraída que veía sólo el vacío, mirando fijamente a alguien.

-¿Pongo la araña adentro? -interrogué, mostrándole el rodete.

El ruido del secador eléctrico seguramente no dejaba oír mi voz. No me respondió, pero inclinó la cabeza como si asintiera. Abrí la caja, la volqué en el interior del rodete, donde cayó la araña. Rápidamente volví a enroscar el pelo y a colocar la fina redecilla que lo envolvía y las horquillas para que no me sorprendieran. Sin duda lo hice con habilidad, pues el peluquero no advirtió ninguna anomalía en aquella obra de arte, como él mismo denominaba el rodete de la novia.

-Todo esto será un secreto entre nosotras -dijo Roberta, al salir de la peluquería, torciendo mi brazo hasta que grité. Yo no recordaba qué secretos me había dicho aquel día y le respondí, como había oído hacerlo a las personas mayores.

-Seré una tumba.

Roberta se puso un vestido amarillo con volantes y yo un vestido blanco de plumetís, almidonado, con un entredós de broderie.

En la iglesia no miré al novio porque Roberta me dijo que no había que mirarlo. La novia estaba muy bonita con un velo blanco lleno de flores de azahar. De pálida que estaba parecía un ángel. Luego cayó al suelo, inanimada. De lejos parecía una cortina que se hubiera soltado. Muchas personas la socorrieron, la abanicaron, buscaron agua en el presbiterio, le palmotearon la cara. Durante un rato creyeron que había muerto; durante otro rato creyeron que estaba viva. La llevaron a la casa, helada como el mármol. No quisieron desvestirla ni quitarle el rodete para ponerla muerta en el ataúd.

Tímidamente, turbada, avergonzada, durante el velorio que duró dos días, me acusé de haber sido la causante de su muerte.

-¿Con qué la mataste, mocosa? -me preguntaba un pariente lejano de Arminda, que bebía café sin cesar.

-Con una araña -yo respondía.

Mis padres sostuvieron un conciliábulo para decidir si tenían que llamar a un médico. Nadie jamás me creyó. Roberta me tomó antipatía, creo que le inspiré repulsión y jamás volvió a salir conmigo.

 

 

  1. ¿Por qué nadie le cree a Gabriela? ¿Puede creerle el lector? Explicar hasta qué punto resulta relevante que la voz que narra el texto sea la de una niña pequeña.
  2. Explicar cómo aparece la problemática femenina en el relato.
  3. Arminda y Roberta aparecen como personajes antagónicos en el relato. Establecer una comparación entre las primas y justificar las afirmaciones con citas.
  4. Analizar hasta qué punto la siguiente frase de Enrique Pezzoni puede explicar el cuento: “Los niños reaparecen en las historias de Silvina Ocampo como demiurgos de la ausencia, demonios que ofician de pontífices entre lo anhelado y su presencia imposible”.
  5. ¿Cómo aparece lo SINIESTRO en el relato? Previamente debe investigarse la noción de “lo siniestro”.

 

 

 

Apunte sobre “La nota periodística”

Para la materia “COMPUTACIÓN”, los chicos de 2do están preparando un trabajo de investigación muy interesante sobre la cultura maker.

La idea es que trabajen en grupos a partir de diferentes temas, y que redacten una nota periodística que resuma y explique lo investigado.

Por eso, comparto aquí un apunte que puede ayudarlos a apropiarse de un género discursivo muy conocido y difundido, que no por eso deja de ser complejo. Se trata de un tipo textual que presenta elementos y características propias, que se deben tener en cuenta a la hora de trabajarlo.

La nota periodística

PRIMER TRIMESTRE: LO SOBRENATURAL EN LA LITERATURA

Durante el primer trimestre del año, estudiaremos las diversas formas en que el elemento sobrenatural puede presentarse en la literatura.

Trabajaremos especialmente con dos géneros: el cuento maravilloso, que presenta lo sobrenatural como una realidad cotidiana y el cuento fantástico, en el que lo sobrenatural irrumpe y genera desconcierto.

A continuación comparto el material de lectura: CUADERNILLO – PARTE 1 y CUADERNILLO – PARTE 2