Temas para el tercer trimestral de Lengua y Literatura – 2do año 2017

  1. Lectura de la novela de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas
  2. Relación de la novela con el reato onírico
  3. La novela de aprendizaje
  4. Los juegos del lenguaje y la lógica del Nonsense
  5. Clases de palabras: los verbos y los verboides.
  6. Las frases verbales
  7. Los verbos impersonales
  8. Análisis sintáctico de oraciones bimembres y unimembres

Consigna de trabajo: “Ensayo sobre los cuentos de Juan Rulfo”.

Trabajo práctico para presentar el 17/11 (fecha límite 18/11):

Escribir un ensayo argumentativo en el cual se justifique la relación de los cuentos de El llano en llamas, de Juan Rulfo, con la narrativa característica de los autores del boom latinoamericano.

  • Presentar al menos 3 argumentos.
  • Utilizar citas pertinentes.
  • Analizar ambos cuentos leídos en clase.

PRESENTACIÓN: en el blog, en una entrada independiente con título “Ensayo sobre los cuentos de Juan Rulfo”

 

 

IMPORTANTE: no confundir boom latinoamericano con realismo mágico.

Antes de empezar con la tarea, los alumnos deben responderse las siguientes preguntas (no es necesario escribir las respuestas):

  1. ¿Qué es el boom y qué es el realismo mágico? En una palabra.
  2. ¿Siempre coinciden?
  3. Situaciones tales como la pobreza, las guerras, las dictaduras, un clima inhóspito ¿son características de la región latinoamericana? ¿son características del realismo mágico o se relacionan con él de alguna otra manera? ¿son características del boom?
  4. La naturaleza como una fuerza misteriosa y mágica… ¿es una característica de Latinoamérica?

Un viaje a través del lenguaje

En su novela Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll maneja el lenguaje de una manera muy particular: se trata de transgredir sus límites para encontrar nuevos efectos y sentidos. Así, aparece toda una serie de juegos lingüísticos:

Un ejemplo:

El Nonsense es una figura literaria que juega con el lenguaje para generar frases humorísticas.

La traducción literal de NONSENSE sería SIN SENTIDO, por eso los juegos de palabras que genera el Nonsense son absurdos. Se busca transgredir el lenguaje, generando frases sin sentido y absurdas que resultan humorísticas y extrañas.

Existen distintos tipos de juegos del lenguaje, y el nonsense forma parte de esta categoría más amplia.

Los demás: Los juegos del lenguaje

Actividades para el viernes 20/10 (segundo año)

En las últimas clases comenzamos a sumergirnos en el país de las maravillas como lectores… ¡ahora les propongo que intentemos hacerlo como escritores!

ACTIVIDAD DE ESCRITURA CREATIVA:

Escribir un cuento en el que se presenta una aventura por el país de las maravillas… ¡y en el que ustedes sean los protagonistas!

Cuestiones a tener en cuenta:

  • El país de las maravillas presenta escenarios maravillosos (valga la redundancia). Van a tener que valerse de lo que estudiamos durante el segundo trimestre sobre la descripción para lograr una clara presentación de los escenarios que visitarán.
  • Las técnicas descriptivas tendrán que servir también para presentar a los personajes que van a aparecer en el relato… ¡criaturas sobrenaturales, seguramente!
  • El país de las maravillas tiene una lógica especial; en este espacio impera el non-sense (absurdo). Seguramente van a encontrarse con criaturas que se toman todo demasiado literal, o que hablan con doble sentido… ¿no?

    Si terminan la actividad muy rápido, pueden seguir con la tarea que empezamos el miércoles en clase.
    Si, por el contrario, no llegan a terminar, esta actividad de escritura creativa les va a quedar de tarea para el lunes.

    El trabajo debe publicarse en el blog con el siguiente título: “Mi aventura en el país de las maravillas”. Es de caracter INDIVIDUAL.

Actividades para el viernes 20/10 (cuarto año)

¡Hola Chicos! Como ya saben, hoy no voy a poder estar en la clase con ustedes. Por eso les dejo indicadas por este medio las actividades para realizar.

 

Vamos a empezar haciendo un poco de memoria…

 

PRIMERA ACTIVIDAD: 

Realizar una breve reseña respecto de la visita a la casa de Victoria Ocampo. Presentar la actividad en el blog, con una entrada titulada “Una visita al mundo de Victoria Ocampo”.

La idea es que cuenten un poco qué les pareció la visita…

¿Les gustó? ¿Pudieron imaginarse a Victoria recorriendo la casa, leyendo los libros de la biblioteca, viendo el mundial desde el antiguo cuarto, siendo la anfitriona de innumerables reuniones? ¿Se imaginaban así la casa? ¿Qué los sorprendió? ¿Qué los desilusionó? (puede pasar, a veces nuestra imaginación nos genera expectativas que son difíciles de superar).

ESTA ACTIVIDAD ES INDIVIDUAL.

 

SEGUNDA ACTIVIDAD: 

  1. Leer atentamente el primer capítulo de la novela de García Marquez El coronel no tiene quien le escriba. Para hoy tenían que tener el libro (SIN FALTA). Pero, por las dudas, les dejo un PDF: el_coro. Tengan en cuenta que la novela empieza con la siguiente cita: “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una
    cucharadita”.

2. Resolver las siguientes consignas:

A. Describir al personaje principal.

B. Dar cuenta del contexto en el que transcurre el relato.  Considerar dos cuestiones:

  • El tiempo (octubre)
  • La coyuntura política.

    Relacionar con el boom latinoamericano. Proponer citas pertinentes.

C. Explicar la siguiente cita : “ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande”.

D. ¿Cuál es la “mascota” del coronel?

E. ¿Quién era Agustín?

 

¡Mucha suerte!

La introducción a un clásico: Surcando la tarde dorada

Surcando la tarde dorada

 

A través de la tarde dorada

sin esfuerzo el agua nos lleva por nuestra parte,

pues los que empujan los remos

son unos bracitos menudos

que intentan, con sus manecitas

guiar el curso errante de nuestra barca.

Pero, ¡qué crueles las tres!

ya que sin reparar en el apacible tiempo

ni en el ensueño de la hora presente,

¡exigen un cuento de una voz que apenas tiene aliento,

tanto que ni una pluma podría soplar!

Pero, ¿qué podría una voz tan débil

contra la voluntad de las tres?

La primera, dominante, dicta su decreto:

“¡Que comience el cuento!”

La segunda, con tono más amable, solicita

que el cuento no sea tonto,

mientras que la tercera detiene la historia

nada más que una vez por minuto.

Logrado al fin el silencio,

con la imaginación nos lleva,

en pos de esa niña soñada,

por un nuevo mundo, de hermosas maravillas

en el que hasta los pájaros y las bestias hablan

con voz humana, y ellas casi se creen estar allí de veras.

Y cada vez que el narrador intentaba,

agotada ya la fuente de su inspiración,

aplazar la narración para el día siguiente,

y decía: “El resto para la próxima vez”,

las tres, a coro decían: “¡Ya es la próxima vez!”

Y así fue surgiendo el “País de las Maravillas”,

poquito a poco, y una a una,

el cincelado de sus extrañas aventuras.

Y ahora, que el relato toca a su fin,

también el timón de la barca nos guía al hogar,

¡una alegre tripulación, bajo el sol que se pone!

Alicia, recibe este cuento infantil.

Ponlo con tu mano pequeña y amable

donde descansan los cuentos infantiles,

entrelazados en mística guirnalda de la memoria,

como las flores ya marchitas.

Es la ofrenda de un peregrino

que las recogió en tierras lejanas.

 

Para analizar – Surcando la tarde dorada

 

 

Temas para el tercer trimestral de Lengua y Literatura – 2° año

Segundo año

Tercer trimestral de Lengua y Literatura

Temas:

1. Lectura del libro Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrillo.

2. La novela de aprendizaje. El viaje como periplo del héroe.

3. El relato onírico.

4. La lógica del nonsense (absurdo).

5. Juegos del lenguaje en el libro de Carroll.

6. Juegos del lenguaje en la poesía. Recursos poéticos.

7. Los verboides y las fv. Reconocimiento y análisis.

8. El predicado no verbal (adverbial). Reconocimiento y análisis.

La narrativa de Juan Rulfo: lectura de cuentos cortos de El Llano en llamas

Leer atentamente el siguiente cuento de Juan Rulfo:

La noche que lo dejaron solo

En: El Llano en llamas, de Juan Rulfo

 

-¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?

-Llegaremos mañana amaneciendo -le contestaron.

Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras. Pero de eso se acordaría después, al día siguiente.

Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche.

“Es mejor que esté oscuro. Así no nos verán.” También habían dicho eso, un poco antes, o quizá la noche anterior. No se acordaba. El sueño le nublaba el pensamiento.

Ahora, en la subida, lo vio venir de nuevo. Sintió cuando se le acercaba, rodeándolo como buscándole la parte más cansada. Hasta que lo tuvo encima, sobre su espalda, donde llevaba terciados los rifles.

Mientras el terreno estuvo parejo, caminó deprisa. Al comenzar la subida, se retrasó; su cabeza empezó a moverse despacio, más lentamente conforme se acortaban sus pasos. Los otros pasaron junto a él, ahora iban muy adelante y él seguía balanceando su cabeza dormida.

Se fue rezagando. Tenía el camino enfrente, casi a la altura de sus ojos. Y el peso de los rifles. Y el sueño trepado allí donde su espalda se encorvaba.

Oyó cuando se le perdían los pasos: aquellos huecos talonazos que habían venido oyendo quién sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches: “De la Magdalena para allá, la primera noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas -pensó-, si al menos hubiéramos dormido de día”. Pero ellos no quisieron: Nos pueden agarrar dormidos -dijeron-. Y eso sería lo peor.

-¿Lo peor para quién?

Ahora el sueño le hacía hablar. “Les dije que esperaran: vamos dejando este día para descansar. Mañana caminaremos de filo y con más ganas y con más fuerzas, por si tenemos que correr. Puede darse el caso.”

Se detuvo con los ojos cerrados. “Es mucho -dijo-. ¿Qué ganamos con apurarnos? Una jornada. Después de tantas que hemos perdido, no vale la pena”. En seguida gritó: “¿Dónde andan?”

Y casi en secreto: “Váyanse, pues. ¡Váyanse!”

Se recostó en el tronco de un árbol. Allí estaban la tierra fría y el sudor convertido en agua fría. Ésta debía de ser la sierra de que le habían hablado. Allá abajo el tiempo tibio, y ahora acá arriba este frío que se le metía por debajo del gabán: “Como si me levantaran la camisa y me manosearan el pellejo con manos heladas.”

Se fue sentando sobre el musgo. Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche y encontró una cerca de árboles. Respiró un aire oloroso a trementina. Luego se dejó resbalar en el sueño, sobre el cochal, sintiendo cómo se le iba entumeciendo el cuerpo.

 

Lo despertó el frío de la madrugada. La humedad del rocío.

Abrió los ojos. Vio estrellas transparentes en un cielo claro, por encima de las ramas oscuras.

“Está oscureciendo”, pensó. Y se volvió a dormir.

Se levantó al oír gritos y el apretado golpetear de pezuñas sobre el seco tepetate del camino. Una luz amarilla bordeaba el horizonte.

Los arrieros pasaron junto a él, mirándolo. Lo saludaron: “Buenos días”, le dijeron. Pero él no contestó.

Se acordó de lo que tenía que hacer. Era ya de día. Y él debía de haber atravesado la sierra por la noche para evitar a los vigías. Este paso era el más resguardado. Se lo habían dicho.

Tomó el tercio de carabinas y se las echó a la espalda. Se hizo a un lado del camino y cortó por el monte, hacia donde estaba saliendo el sol. Subió y bajó, cruzando lomas terregosas.

Le parecía oír a los arrieros que decían: “Lo vimos allá arriba. Es así y asado, y trae muchas armas.”

Tiró los rifles. Después se deshizo de las carrilleras. Entonces se sintió livianito y comenzó a correr como si quisiera ganarles a los arrieros la bajada.

Había que “encumbrar, rodear la meseta y luego bajar”. Eso estaba haciendo. Obre Dios. Estaba haciendo lo que le dijeron que hiciera, aunque no a las mismas horas.

Llegó al borde de las barrancas. Miró allá lejos la gran llanura gris.

“Ellos deben estar allá. Descansando al sol, ya sin ningún pendiente”, pensó.

Y se dejó caer barranca abajo, rodando y corriendo y volviendo a rodar.

“Obre Dios”, decía. Y rodaba cada vez más en su carrera.

Le parecía seguir oyendo a los arrieros cuando le dijeron: “¡Buenos días!” Sintió que sus ojos eran engañosos. Llegarán al primer vigía y le dirán: “Lo vimos en tal y tal parte. No tardará el estar por aquí.”

De pronto se quedó quieto.

“¡Cristo!”, dijo. Y ya iba a gritar: “¡Viva Cristo Rey!”, pero se contuvo. Sacó la pistola de la costadilla y se la acomodó por dentro, debajo de la camisa, para sentirla cerquita de su carne. Eso le dio valor. Se fue acercando hasta los ranchos del Agua Zarca a pasos queditos, mirando el bullicio de los soldados que se calentaban junto a grandes fogatas.

Llegó hasta las bardas del corral y pudo verlos mejor; reconocerles la cara: eran ellos, su tío Tanis y su tío Librado. Mientras los soldados daban vuelta alrededor de la lumbre, ellos se mecían, colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.

No quiso seguir viéndolos. Se arrastró a lo largo de la barda y se arrinconó en una esquina, descansando el cuerpo, aunque sentía que un gusano se le retorcía en el estómago.

Arriba de él, oyó que alguien decía:

-¿Qué esperan para descolgar a ésos?

-Estamos esperando que llegue el otro. Dicen que eran tres, así que tienen que ser tres. Dicen que el que falta es un muchachito; pero muchachito y todo, fue el que le tendió la emboscada a mi teniente Parra y le acabó su gente. Tiene que caer por aquí, como cayeron esos otros que eran más viejos y más colmilludos. Mi mayor dice que si no viene de hoy a mañana, acabalamos con el primero que pase y así se cumplirán las órdenes.

-¿Y por qué no salimos mejor a buscarlo? Así hasta se nos quitaría un poco lo aburrido.

-No hace falta. Tiene que venir. Todos están arrendando para la Sierra de Comanja a juntarse con los cristeros del Catorce. Éstos son ya de los últimos. Lo bueno sería dejarlos pasar para que les dieran guerra a los compañeros de Los Altos.

-Eso sería lo bueno. A ver si no a resultas de eso nos enfilan también a nosotros por aquel rumbo.

Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el estómago. Luego sorbió tantito aire como si se fuera a zambullir en el agua y, agazapado hasta arrastrarse por el suelo, se fue caminando, empujando el cuerpo con las manos.

Cuando llegó al reliz del arroyo, enderezó la cabeza y se echó a correr, abriéndose paso entre los pajonales. No miró para atrás ni paró en su carrera hasta que sintió que el arroyo se disolvía en la llanura.

Entonces se detuvo. Respiró fuerte y temblorosamente.

 

Leer atentamente el siguiente cuento de Juan Rulfo y luego responder las preguntas:

Nos han dado la tierra

En: El Llano en llamas, de Juan Rulfo

 

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.

Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.

Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.

Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos cuatro”. Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.

Faustino dice:

-Puede que llueva.

Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que sí”.

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.

Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.

Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.

Nos dijeron:

-Del pueblo para acá es de ustedes.

Nosotros preguntamos:

-¿El Llano?

– Sí, el llano. Todo el Llano Grande.

Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.

Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

-Es que el llano, señor delegado…

-Son miles y miles de yuntas.

-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.

-¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.

– Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

– Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

– Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos…

Pero él no nos quiso oír.

Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.

Melitón dice:

-Esta es la tierra que nos han dado.

Faustino dice:

-¿Qué?

Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.”

Melitón vuelve a decir:

-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.

-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.

Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.

Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:

-Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?

-Es la mía- dice él.

-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?

-No la merqué, es la gallina de mi corral.

-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?

-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.

-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.

Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:

-Estamos llegando al derrumbadero.

Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras.

Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.

Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.

Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.

Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.

-¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.

Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado está allá arriba.

 

Preguntas:

  1. ¿Quiénes son los personajes de este cuento? ¿Hay alguna pista que indique su relación con la revolución mexicana?
  2. ¿Cuál es el rol del Gobierno en este cuento? Considerar hasta qué punto puede verse como un rol positivo.
  3. Explicar por qué el final del texto parece refutar su título.
  4. Elegir una o dos citas que permitan dar cuenta cómo es la naturaleza que se presenta en el texto. Explicar por qué estas imágenes son propias del realismo mágico.
  5. Luego de analizar el texto en detenimiento, considerando las respuestas dadas a las preguntas 1, 2, 3 y 4, explicar por qué este cuento podría inscribirse dentro de la narrativa del boom latinoamericano.
  6. Explicar la relación que se presenta entre el título del libro El llano en llamas y los sucesos que se narran en el cuento “Nos han dado la tierra”.